lunes, 8 de diciembre de 2008

El eterno retorno

Llevo varios años ya, en los quehaceres relacionados con la educación/enseñanza, y, debe ser un problema personal, pero cuando vienen las evaluaciones me pongo de mala leche. No piense el que lee que esta acritud en el carácter nace de tener que "trabajar" más horas, o de tener que hacer un balance pormenorizado de las bondades y/o maldades de mis alumnos. Eso no me inquieta.

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Mi cabreo se inicia ya cuando es necesario temporalizar las sesiones de  evaluación, asignar tiempos creo, ya es un primer error manifiesto y de él parte la desigual atención que prestamos a los que tuvieron la suerte de apellidarse Álvarez, frente a los que su abuelo paterno se apellidaba Zamoro, y como herencia de aquel pobre abuelo pasan al final de nuestras listas.

Mi inquina sigue creciendo cuando se acaba discutiendo de cosas banales y son pocas las soluciones que se plasman y acometen. Tal vez no las haya, o tal vez si.

Y ya por último exploto, en silencio eso si que para eso tiene uno la licenciatura, cuando hago balance de estas tareas evaluatorias y en el haber solo queda una ristre de notas numéricas que pretenden ser el juicio que permitirán salvar, o no, las almas de nuestros alumnos.

Espero que este año las cosas mejoren, y que conste que estas letras no nacen del catastrofismo, sino de la crítica espero constructiva de un sistema de evaluación que pese a que las leyes han intentado cambiarlo, se sigue haciendo, en un elevado número de casos,  como cuando nos evaluaban a nosotros.
Crédito de la imagen: http://www.flickr.com/photos/57068770@N00/135514843